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Nunca me han gustado las apologías, y mucho menos después de aprehender cuál es el significado de esa palabra. No es otro que hacer un burdo peloteo a algo o alguien que nos gusta o nos resulta placentero. Digo yo que, si algo nos gusta o nos resulta placentero, el parloteo que dé fe de ello resulta innecesario, ¿no?
Me sentiría muy rara diciendo que la pintura de Juan Manuel Vidal me gusta. Sobre todo porque no es exactamente eso, sino más bien que me llega, se abre paso entre la mugre de sonidos e imágenes diarias, entre el ruido de personas y hechos, en forma de susurros cromáticos o en forma de guiños de sentidos. Ponerme delante de alguna de sus creaciones, inventos, discursos, es dejar que se desvanezcan los chips de entendimiento que tengo puestos para la realidad tal como usted y yo la conocemos, y activar los otros, los que realmente dicen y reciben. O sea, que me dispongo gustosamente a dejarme invadir, quizás por manchitas virtuosas que son como el mundo deslavazado, como las células más diminutas de una realidad en general demasiado vasta, quizás por los miles, infinitos sentidos que veo en sus matices, en sus colores, en sus siluetas, en su elegante forma de abofetear al observador que se deja con conceptos de colores, en su forma de reconstruir el mundo, y a sí mismo, a través de fragmentos de pintura-vida.

Juan Manuel Vidal lleva el mundo dentro, y su mirada es el catalizador. Si la reina Ardid miraba el mundo a través de una piedra azul horadada, él lleva esa piedra cosida a la retina, formada con experiencias que siluetean su grito propio. Por eso, lo imagino portador de una antena que no para de recibir estímulos. Necesito imaginarlo así, para entender a través de sus ojos y sus palabras cómo el mundo puede estar lleno de pequeños mundos, mucho más ricos que el oficial.
Sólo hace falta verlo, sólo hace falta, quizás, ver más allá de las narices de una realidad que es mero escenario.
Sólo hace falta quizás, hurgar con los dedos del entendimiento en las raíces de la luz-imagen-proyección, y aprender a mirar. Por eso, de él, aprendo mirando.
Otilia Martín
Artista